Son muchos los padres que me dicen exactamente esas palabras, las cuales esconden una demanda implícita: es necesario realizar pruebas complementarias. Vivimos en la era de la medicina tecnológica, y acudir al médico tiene poco del saber ancestral, aquel que se plasmaba en la demora de una  concienzuda anamnesis o historia clínica, en la estructurada exploración física y en la exhaustiva lista de recomendaciones finales. Hoy en día las consultas de Pediatría se parecen mucho, por desgracia, a las de Atención Primaria: poco tiempo por paciente, varias demandas en la misma visita, pacientes y padres envueltos en un modelo biopsicosocial demasiado complejo como para solucionarlo en 10 minutos, y unas expectativas y conocimientos sobre la salud completamente alejados de la realidad. El resultado no puede ser otro: pocas preguntas, poca exploración, pocas explicaciones y varios medicamentos para bloquear los síntomas. Que pase el siguiente.

            Ya lo dije en un post anterior: tenemos que tomar la responsabilidad de nuestra salud y la de nuestros hijos mientras éstos son vulnerables. La medicina general actual no está diseñada para curar enfermedades crónicas, sino para tratar de silenciar los gritos homeostáticos de los sistemas biológicos que se desequilibran cada día a causa de nuestros estilos de vida. Las autoridades sanitarias tienen lazos con las industrias farmacéuticas y con las multinacionales de la alimentación, por lo que no es razonable esperar de ellas que nos curen. La situación actual se puede clasificar ya de pandemia, y varios analistas hablan de que todo indica que en unas décadas será insostenible a nivel económico. Si somos responsables como humanos habitantes de este mundo y como padres, tenemos el deber de formarnos en temas relacionados con la salud, porque nadie lo va a hacer por nosotros. No podemos seguir mirando hacia otro lado y creyéndonos los anuncios de la televisión que nos prometen que un zumo empaquetado contiene muchísima fruta y es sano. Hay que despertar y buscar la verdad a través del sentido común.

Dale agua para beber y poco más
Niña con vaso de agua

          Hoy vamos a hablar básicamente del azúcar, y voy a hacerlo a través de las palabras de Robert H. Lustig, pediatra endocrinólogo de la Universidad de California (San Francisco), especializado en neuroendocrinología y obesidad infantil. Este hombre tiene 62 años y lleva toda su vida trabajando e investigado sobre el papel del azúcar en esta enfermedad. Ha publicado 105  artículos científicos en prestigiosas revistas médicas como Nature, así como 65 artículos de revisión. Aquí les dejo el enlace a un artículo resumen en español y aquí otro enlace a una ponencia suya en inglés con subtítulos en portugués que se entiende bastante bien.

           Lustig arremete con furia contra el azúcar, y particularmente contra la fructosa refinada. Explica con pasión que cualquier producto diseñado por la industria alimentaria que tenga como resultado un sabor dulce debe ser evitado en su consumo diario, y los clasifica como venenos. En el top de los desastres se encuentran los refrescos y los zumos de bote. También se incluyen en la lista negra cereales de desayuno, panes de leche, bollería, mermeladas, batidos y postres lácteos. Les suena de algo todo esto? Por desgracia la mayoría de los niños comen estos productos casi todos los días y en cantidad considerable. La OMS en sus últimas recomendaciones del 2015 ha bajado el consumo máximo de azúcar por día para adultos y niños a unos 30 gramos, consiguiendo probables beneficios de salud adicionales si no se superan los 15 gramos. Un zumo de bote de 200 ml (el tamaño estándar que un niño suele llevar al colegio) contiene unos 20 gramos de azúcar (enlace).

        El consumo de azúcar se ha disparado muchísimo, y aunque los fabricantes de bollería, refrescos y postres insistan una y otra vez en el mantra de que “dentro de una alimentación equilibrada y con un estilo de vida saludable no existen alimentos buenos ni malos” todos sabemos que esto no es así, o deberíamos saberlo. En España se consume una media de 100 gramos de azúcar al día, o sea 3,5 veces más de lo recomendado, existiendo datos de consumo de algunos adolescentes que se acercan a los 250 gramos de azúcar al día. Para poner esto en perspectiva (asumiendo las diferencias) imagínense que la media de consumo de alcohol fuera de 7 cervezas al día en lugar de las 2 como máximo que recomienda la OMS para hombres. Si se han puesto las manos en la cabeza, sea por la comparación o sea porque no creen que la fructosa refinada y el alcohol tengan nada que ver, sigan leyendo.

Cómo afecta la fructosa refinada al cuerpo de su hijo

Vasos de azúcar

         En este apartado voy a enumerar los diferentes efectos que ocurren al ingerir de manera crónica bebidas con alto contenido en fructosa refinada (como los zumos de bote, los batidos lácteos y los refrescos). Recuerden que son afirmaciones extraídas del trabajo de Robert H. Lustig. Aunque sea obvio voy a dejarlo claro: la fruta, las verduras y los tubérculos no constituyen ningún peligro, ya que a pesar de tener fructosa no se encuentra refinada y está acompañada por una considerable cantidad de fibra, además de vitaminas y minerales.

1. Al no poseer fibra (ha sido extraída con el refinado) su Índice Glucémico y Carga Glucémica es mayor, factores relacionados con el desarrollo de Obesidad y Diabetes Tipo 2, entre otras.

2. Forma 7 veces más Advanced Glycation End Products (AGEs) que la glucosa. Estos productos están implicados en diferentes procesos como el envejecimiento, la diabetes, la arteriosclerosis o la nefropatía.

3. No suprime la hormona Grelina, la cual es la encargada de informar al cerebro de que tenemos hambre. Cuando comemos grasa, por ejemplo, se inhibe dicha hormona y el cerebro deja de sentir hambre.

4. No estimula las hormonas Insulina y Leptina, con lo cual nuestro cerebro no es informado de que estamos llenos.

5. Su metabolismo hepático es diferente. Primero porque entra al hepatocito a través del receptor Glut-5, el cual es independiente de la Insulina, y segundo porque al menos el 30% se transforma directamente en grasa, con lo que aumenta en un factor 5 la producción de Ácidos Grasos Libres (AGL), lo cual es un factor implicado en el desarrollo de Resistencia a la Insulina a nivel hepático y muscular.

6. La exposición crónica a la misma es uno de los factores implicados en el desarrollo de Síndrome Metabólico (ver post). Entre otras cosas, inhibe la producción de Óxido Nítrico (NO), el cual es un potente vasodilatador arterial, con lo que se potencia el desarrollo de Hipertensión Arterial (HTA). También se favorece la producción de Ácido Úrico, el cual actúa así mismo en la generación de HTA y Gota. Por último, al aumentar la Insulina en la sangre por el efecto de la Resistencia a la Insulina, el cerebro interpreta peor la Leptina, dificultando la generación de las señales de saciedad.

7. La fructosa refinada comparte características con otras sustancias clasificadas como tóxicos, como por ejemplo el alcohol. De hecho Robert H. Lustig afirma que cuando un niño ingiere un zumo de bote o un refresco su hígado sufre de manera exactamente igual que cuando un adulto bebe una cerveza u otra bebida alcohólica. Resulta sorprendente que la exposición crónica a ambas sustancias tenga en común 8 de 12 efectos perniciosos para la salud, los cuales consisten en el desarrollo de HTA, Infarto de Miocardio, Dislipidemia, Pancreatitis, Obesidad, Hígado Graso, Resistencia a la Insulina Fetal y Habituación (si no adicción). En uno de sus artículos lanza un titular potente y claro: “la fructosa es alcohol pero sin la embriaguez“.

Conclusiones

Pensador

             Quiero dejar clara una cosa: sé que los padres no dan fructosa refinada a sus hijos con la intención de causarles daño, eso es obvio. Y al mismo tiempo, dicha conducta conlleva, a la larga, probables problemas de salud, eso también es bastante obvio. Entonces, tal y como yo y otros muchos lo vemos, sólo queda una opción: empezar a ofrecer a nuestros hijos bebidas y alimentos sanos DE VERDAD, sin manipulaciones por parte de la industria alimentaria, de las sociedades médicas o de nuestra conveniencia o comodidad. Denle a sus hijos agua para beber la inmensa mayoría de las veces, zumos naturales hechos en casa con la pulpa de vez en cuando e infusiones sin excitantes, y ofrézcanles alimentos como frutas, verduras, hortalizas, tubérculos, huevos, pescados, mariscos y buena carne. Háganlo casi todos los días en casi todas las comidas y en menos de 1 mes su hijo se habrá acostumbrado a beber y comer así. Y prediquen con el ejemplo, por supuesto, no olviden que los hijos nos imitan en todos los sentidos.

           El otro día, en la presentación de “El Libro del Método Paleo: 100 Días Para Salvar Tu Vida“, escrito por Airam Fernández, preguntaba una madre qué se podía hacer al respecto de que en los colegios sólo había un día para la fruta y que todos los niños llevaban zumos de bote, y que entonces si su hijo llevaba fruta o un zumo natural se convertía en el bicho raro. A esa madre le digo que si para buscar la salud hay que convertirse en “bichos raros” pues no nos queda otra. Con el tiempo confío en que la humanidad recupere el sentido común y reconquiste los territorios que le son propios como especie. Mientras tanto, les deseo coraje, valentía, inteligencia y creatividad para navegar en este loco y maravilloso mundo que nos ha tocado vivir. Sean felices.